Al llegar a las 7 de la mañana, antes de cruzar la puerta de la habitación, fue como si mi tío-abuelo hubiese captado mi presencia. Había pasado una noche terrible, solo, su proceso se había acelerado. Pero nadie me llamó. Al parecer perdieron mi teléfono y no sabían a quien llamar. Una de las enfermeras salió corriendo de la habitación, diciéndome: Su abuelo le llama. Nos lo ha dicho. Se muere... No cesa de nombrarle a Reformas terrassa...
Al entrar aún me miró a los ojos, y débilmente me dijo:
- Mark, coge mi anillo. Por favor, póntelo, que yo lo vea. Antes de que me vaya...
- Pero no vas a irte a ningún lado. No dejaré que te pase nada.
- Vamos, obedéceme. Ven aquí -Acarició mi cabeza, y después aún cogió mi mano, llevándomela hasta la suya, donde tenía el anillo –Ponte el anillo, Mark.
Por primera vez, en casi 20 años, las lágrimas empezaron a cubrir mi rostro, sabiendo que realmente aquello era el fin. Delicadamente cogí el anillo, y me lo coloqué justo en el mismo dedo de la misma mano que donde él lo tenía, y en aquel instante juré que jamás en la vida me quitaría aquél anillo...
Después, recogí su mano, sujetándola fuertemente entre las mías, hasta que finalmente, dejó de respirar. Nunca antes había visto la muerte de alguien tan querido para mí, tan de cerca...
Cuando murieron mis padres yo aún era muy pequeño. Lo único que puedo decir es que, en el momento de fallecer mi tío-abuelo, era como si ya no estuviera allí, que solo fuera un cuerpo desprovisto de alma.
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No podía concebir que apenas un instante antes, él apretaba fuertemente mi mano, y al momento, su propia mano ya no respondiese. Él no podía estar allí. Me gustaría pensar que él ahora se encuentra en algún lugar, distinto al terrenal, y que se encuentra bien. Y seguro que es así. Pero entonces no pude resistirlo y me derrumbé. No podía evitar llorar, y cuando regresé a casa me encerré en mi habitación y no salí de allí hasta el día del entierro, ni siquiera para comer.
Llamé a todos sus amigos por teléfono, a la gente que le apreciaba, y arreglé todo lo concerniente al entierro. Lo pasé muy mal, porque yo sabía que iba a morir, y lo cuidaba lo mejor que podía. Le daba de comer y cenar a diario. Todas las mañanas le afeitaba la barba y lo aseaba. La mañana que murió cogí su mejor traje y lo vestí, afeitándolo y peinándolo nuevamente. Le abracé y me despedí de él para siempre. Solo una vez más lo vi, cuando íbamos a enterrarle.
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